21:00 04 July 2005
NewScientist.com news service
Anna Gosline
Trad. Alvaro Acevedo.
Demasiado tiempo en frente de la TV reduce la capacidad de aprendizaje, el logro académico e incluso la probabilidad de graduarse en la universidad, sugieren tres nuevos estudios. Pero podría ser la calidad y no la cantidad de los programas lo que realmente importa. Décadas de estudios han relacionado las horas pasadas en la infancia frente al TV con comportamiento agresivo, actividad sexual temprana, tabaquismo, obesidad y bajo rendimiento académico. Las investigaciones han conducido a que la Academia Norteamericana de Pediatría sugiera que los niños no vean más de 2 horas de televisión por día y que los niños bajo 2 años simplemente no vean TV. Sin embargo, los resultados de estudios en capacidades cognitivas y exposición a la TV no son concluyentes. Algunos investigadores han encontrado que la TV de alta calidad, educativa impulsan el aprendizaje. Otros han mostrado que los efectos negativos de las horas viendo TV desaparecen cuando factores como el coeficiente intelectual (CI) o el status socioeconómico son incluidos. Por lo tanto, Robert Hancox en la Universidad de Otango en Nueva Zelanda y sus colegas estudiaron 1000 niños nacidos en Dunedin, Nueva Zelanda en 1972 y 1973. Los investigadores recopilaron datos de ambos progenitores y de los niños respecto del número de horas al día que pasaron viendo TV a los 5, 7, 9, 11, 13 y 15 años. El equipo re-evaluó a los participantes a los 26 años.
Los expulsados
Los niños que vieron menos TV – especialmente entre los 5 y los 11 años – tuvieron la más alta probabilidad de obtener un título universitario a los 26 años, independiente de su CI o nivel socioeconómico. Mientras que aquellos que vieron más TV, más de 3 horas al día, tenían la más alta probabilidad no terminar su educación y terminar sin calificaciones. Adicionalmente, los efectos parecen más pronunciados para aquellos de CI cercano a la mediana de la muestra, probablemente porque los efectos para aquellos niños en los extremos de la distribución son menos afectados por la observación de TV. Dos estudios adicionales, también publicados en los números de Julio de Archives of Pediatric and Adolescent Medicine encontraron resultados similares. Dina Borzekowski de Johns Hopkins Bloomberg School of Public Health y sus colegas encontraron que niños de tercer grado del norte de California (de ocho años) con TV en su habitación veían más TV y obtenían resultado en tests estandarizados, respecto de sus compañeros sin TV.
Plaza Sésamo
Frederick Zimmerman y Dimitri Christakis de la Universidad de Washington en Seattle, encontraron que los niños que veían más TV antes de los 3 años obtenían peores calificaciones en los test de lectura y matemáticas a los 6 y 7 años. Pero, aparece que habría algún beneficio de ver TV a los 3 a 5 años, posiblemente debido al gran número de programas educativos orientados a dicho rango de edades, tales como Plaza Sésamo. A lo largo de la duración de este estudio – 1990 a 1996 – muy poca programación educacional para menores de tres años estaba disponible en los Estados Unidos. En un editorial que acompañaba el artículo mencionado, Ariel Chernin y Deborah Linebarger en la University de Pennsylvania, USA, resaltan que ninguno de los tres estudios separa los efectos de los programas educativos vs. los programas de entretención pura. Uno de los mecanismos propuestos para explicar el daño de la TV en los logros académicos tiene que ver con que quita tiempo de juegos creativos, la lectura o para hacer tareas. Pero, como el editorial destaca “no es la cantidad de TV la que importa tanto como la calidad de lo observado” Se sugiere que los padres deberían estimular a sus niños a ver programas de calidad, de alto contenido educacional. Pero, Barry Milne, a co-autor del estudio de Nueva Zelanda y ahora en el Instituto de Psiquiatría en Londres, destaca que eso es más fácil de decir que hacer “El contenido puede ser un factor de confusión, pero lo que encontramos es que el tipo de TV que los niños observan no les hace bien"
Journal reference: Archives of Pediatrics and Adolescent Medicine (vol 159, p 607, p 614, p 619, p 687)
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